Memorias de un boticario: H.L. Román y su botica

Memorias de un boticario: H.L. Román y su bitica

Por Eduardo Castilla P. (Q.F.)

(Publicada en la edición 18 de 1999 del periódico El Porvenir de propiedad de Luis Tarrá Gallego)

Entre mis recuerdos figura la persona del médico cartagenero, Dr Luis Felipe Pernett, hombre interesante dedicado por completo a su profesión.

Nos conocimos en Barranquilla, en la Farmacia Bocas de Ceniza de don Julián Meléndez Lara hermano del destacado jugador de footbol Roberto “El Flaco” Melédez, cuyo nombre ostenta el estadio metropolitano de La Arenosa.

El doctor Pernet atendía su clientela en su consultorio en la propia farmacia y yo atendía como ayudante en la faena de preparación de fórmulas magistrales.

Pernet nos entretenía a menudo con su fino humor, con chistes y una que otra anécdota de su propia vida. Hasta que un día me refirió un pasaje de la vida cartagenera, relacionado con la Farmacia Román.

“Resulta que en la callle Román de la ciudad de Cartagena, funcionó una tradicional farmacia con el mismo nombre de la calle, cuyo propietario era ni más ni menos que el eminente hombre de negocios y gran personaje por su entrega a la comunidad Don Henrique Luis Román Polanco, prototipo del hombre sencillo y servicial, que a todos atendía por igual, sin importar si eran pobres o ricos, no obstante su condición de pertenecer a la aristocracia local.

Por ello en cierta ocasión un cliente, muy especial de la farmacia, le pidió el favor de aceptar a un hijo suyo como aprendiz.

Demás está decir, que la Farmacia Román fue algo así como una escuela de farmacia por la que desfilaron y se hicieron farmacéutas – licenciados muchos señores que con lujo de competencia ejercieron la profesión en la ciudad y en algunos pueblos.

Don Henrique recibió cordialmente al muchacho y lo llevó al recetario, empezando la lección. “Este lugar se llama así, recetario . Este objeto de loza o porcelana se llama mortero, los árabes lo llaman almírez. Éste objeto que está dentro del mortero se llama pistilo o mano del mortero. Estos granitos de color amarillo claro se llaman goma arábiga. Pues bien, vamos a colocar éstos granitos de goma arábiga dentro del mortero, los golpeas así, para se desmenucen y los trituras con la mano del mortero hasta que se conviertan en polvo fino. Me le das y me le das hasta que salga olor a cebolla” le dijo al aprendiz.

Este último se puso en faena y muy pronto los granitos se convirtieron en polvo impalpable, pero el olor a cebolla no aparecía. Fue entonces cuando decidió ir a donde Don Henrique a pedirle permiso para salir a una pequeña diligencia, que silenciosamente consistió en comprar un centavo de cebolla en la esquina más cercana.

De vuelta, un rato después llamó a Don Henrique para informarle que el trabajo que le ordenó hacer ya olía a cebolla. Don Henrique, hombre avispado comprendió la jugada del aprendiz y le dijo: “bueno, ahora me le das y le das en sentido contrario, hasta que desaparezca el olor a cebolla”.

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La Botica Román (*)
Por Daniel Lemaitre Tono.

Su apariencia en general,
Era bella y reposada:
Mesa de mármol chapada
Y rejillas de cristal.
Viejo reloj colonial
Al frente del mostrador
Y por adorno mejor
De pureza diamantina
Dos redomas de anilina
Llenas de luz y color.

Cantaba allí noche y día
La mano del almirez
Y en lindos potes de gres,
Que Hipocrátes presidía,
El parroquiano leía:
Pulmonaria Latiforia.
Cantharis vesicatoria.
Hydrargyri. Camphorata.
Semen contra. Pertulaca.
Y otros que no hago memoria.

Entre pungentes aromas,
En mi añoranza percibo
Al viejo Benito Olivo,
A Cuesta y a Octavio Comas
Y ¡oh! recuerdo que te asomas
Y medio intrigado ves
De un color si no es
Una conchuda icotea
Que mientras compras oblea,
Te tropieza por los pies.

Aquel manso quelonio
Blanco, azul o verde mar
Fue un bicho muy popular
Por la Calle Lozano.
Se iba hasta el Portal cercano
Y el vario color se explica
Porque siendo casa rica,
Que a menudo se pintaba,
Todo pintor lo dejaba
Del color de la Botica.

Allí rompiéronse el cuero
Y a su mente dieron luz
Mi compa Pedro Pertúz
Y Carlos Cuesta, primero.
El mismo Agustín Recuero,
Jóven aún sin “bastén”,
Vendió a los jóvenes bien
Que iban a bailar cuadrilla
Cardamomos en semilla
O aromático sen – sen.

Las niñas de gran tilín
Para realzar sus atributos,
También compraban bismutos
Agua de azar y carmín.
Hoy no pudiera Agustín
Vender “cascarilla” mala
Donde Max Factor se instala
Y menos vender sen – sen,
Porque esas niñas también
La que menos, ya “le jala”.

Hoy toda la han transformado,
Quién en sus manos tuviera,
Volver a verla como era,
¡En aquel dulce pasado ¡
No vuelve, no el abnegado,
Que ese rincón glorifique,
Cuántas cosas van a pique!
Cuantos niños que han llorado
Y madres que han suspirado
Don Henrique Don Henrique!

(Tomado de “Corralito de Piedrta”, Editora Bolívar 1948)

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